Cuando se habla de la imagen poética se refiere a aquella imagen que ardió antes de que se le prendiera fuego. Aquella que nace antes de imaginarse, pero entonces: ¿Cuándo llegamos a este acontecimiento? Probablemente nunca, pero se dice que si la imagen quema es auténtica. Los estados fenomenológicos que nos llevan a la poética inician con el punctum (el suceso que te llama) sigue con la imaginación y termina con el razonamiento. En ese intermedio entre el punctum y la imagen, el fuego arde con chispas que queman, para el momento en el que se torna en imaginación el fuego empieza a apagarse y deja de ser poética cuando se le idealiza; nos lleva a la realidad y la experiencia fenomenológica termina.

La formula se establecería de la siguiente manera:

Imago > imagen > imaginación > imagen poética ≠ razonamiento.

Si el punctum no aparece, las posibilidades de seguir experimentando un estado fenomenológico se vuelve nulo. El simple hecho de la producción en masa de las imágenes han dificultado cada vez la existencia de este momento. El fotógrafo ahora ya no es un fenomenólogo y para el espectador queda más lejana la experiencia de serlo.

Autores como Walter Benjamin, Michel Frizot, Pascal Quignard, Didi-Huberman, Gaston Bachelard (este último se cita por su construcción del espacio poético) rescatan esta imagen al mismo tiempo que llegan a una conclusión semejante: el fotógrafo siempre anda en la búsqueda de la imagen poética; como en busca de una gota de agua en el mar y entre tanto sólo hay sed, cuanto más se sigue, la sed aumenta. Como llenar un vaso de agua, beber un poco pero nunca suficiente; que si llegamos al vacío no significa nada, que si vuelve a verterse agua tampoco. La necesidad de llenar un deseo se torna interminable. Entonces diga usted, ¿el vaso está medio vacío o medio lleno?

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