Anamnesis, el primer poemario de Clyo Mendoza, editado por Cuadrivio en 2016, se presenta como una reminiscencia de algún sueño convertido en pesadilla del que se sale con versos en las manos. La joven escritora oaxaqueña ha sido becaria del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (2015-2016), merecedora del Premio Internacional Sor Juana Inés (2017)  y de la residencia de la Fundación Antonio Gala, en Córdoba, España. Silencio, su segundo libro, se encuentra en proceso de edición.

I

Mi abuelo le mostró a mi abuela su rojo cuando ella tenía catorce años, ésa fue la noche de bodas. No quedó embarazada hasta un año después de que su primera, verdadera sangre llegara a ella una noche en que mi abuelo no estaba. Luego dio como fruto más de una decena de hijos y un par de niños muertos.

Antes de eso, su sangre se había mantenido dentro de ella a pesar de rasguños de arbustos y caídas: sus heridas siempre eran sólo una mancha color salmón brillante, una rosa.

Se acaricia las manos, veo las pecas en la dorsal de sus manos, sus uñas áridas y blancas. Una arruga larguísima atraviesa de su cabeza hasta el final de su dedo anular. Siempre parece que está llorando, tiene agachada la cabeza y el brillo y la nube en sus ojos parece venir desde el centro de su cuerpo donde, imagino, hay  un aljibe. Mi abuela, contenida, toma asiento mirando aún hacia el piso mientras sus hijas la bajan con abrazos parcos y violentos hasta inclinarla. Sus hombros están húmedos, sus hijas gritan. Mi abuela tiembla por frío, comienza a ensordecer pero soporta, sentada y rendida, a las hijas que aúllan encima de ella porque en la cama que está junto a nosotras mi abuelo acaba de morir.

II

Le diagnosticaron cáncer en el hígado.

En algún lugar, un poeta escribía:

cangrejos anidan el cuerpo de mi padre

Antes su pulso era como un niño tocando la clave, luego fue como pasos de niño corriendo sobre lodo o una aguja de reloj girando en el agua.

Su nieta se despertó a las ocho de la mañana el día en que la enfermedad lo penetró por completo. Ella caminó el pasillo corto del departamento con calcetines de hombre y preparó quesadillas en el microondas. Llamó a su madre, que alimentaba a los gusanos de su composta a la hora en que el teléfono dejó de sonar. La madre tenía puestas bermudas color verde oliva y su frente goteaba un sudor con sabor parecido al de las lágrimas.

La nieta caminó el único pasillo del departamento en el que había dormido, recogió su ropa del piso y se vistió. La sábana no cubría una pierna del hombre con el que había dormido, una cicatriz de accidente de auto iba del tobillo al muslo y ella la acarició con la punta de su dedo índice. Bebió agua, salió a la calle.

–Fotógrafo ciego busca modelos– Anotó el número, lo guardó en su chaleco de pana.

Dieciocho años antes su madre la había dado a luz en un hospital particular en el centro de la ciudad. Nadie recuerda la hora de su nacimiento, pero nació en un año de números redondos y la bautizaron con el nombre de su abuela: Ofelia.

IV

Después de nacer muerto su primer hijo, Ofelia cayó en un sueño blanquísimo. Su esposo, un pintor entristecido que había soñado con ser músico, dibujó alrededor de ella un círculo de cal por recomendación de un brujo.

El hombre untaba por ella la crema con agua de rosas en sus pechos y el eucalipto en sus piernas y Ofelia, desnuda y clara, era como un faro aluzando. La hemorragia duró tres noches, luego ella despertó ahogada en llanto y se limitó a permanecer sentada en una silla mirando sus manos. Él llegó a ella desde atrás, besándole la espalda, besando el cuello, metió sus brazos dentro de la blusa y apretó tanto cuanto pudo el cuerpo oloroso de su mujer que seguía ida y silenciosa.

La llevó al cuarto en brazos y atravesó de un golpe su cuerpo. La estocada rompió algo en Ofelia, que gritó escupiendo el rostro de su esposo; él tuvo que retirarse de ella, sucio, con los ojos abiertos de un venado que ha sido sorprendido a mitad de un camino por el brillo de un auto.

 Segunda cianotipia 

Ofelia con su voz de diluvio preguntó:
– ¿Es cierto eso, hija? ¿Te violaron?

Toda la Ofelia cisterna se agita. Siguieron volando las minúsculas flores en las ciudades de polvo
–Sí, abuela.

Quién se lo ha dicho, quién repitió la verdad multiplicándola.

–Eso me dijo tu madre por teléfono

Largo silencio. Ofelia no mira a Ofelia, clava la mirada en la bolsa de agua que ayuda a espantar a las moscas.

–Pídele perdón a Dios, hija.

(Ofelia, nacida un año de números redondos, feto con doble vuelta de cordón umbilical, riesgo de asfixia, cesárea improvisada. Cuatro semanas prematura.)

– ¿Pedir perdón?

–A Dios gracias que sigues con vida…

– ¿Pedir perdón?

Silencio.  Están regadas por la estrella equivocada.

– ¿Viste sus rostros?

–No

Mentira

– ¿Los conociste?

–No

Mentira

Silencio. (Ofelia, nacida un año de números impares, su madre la alumbró junto a un arroyo, la fuerza del agua la arrebató del vientre, limpió la profunda sangre, lamió la herida. Ofelia, tres semanas prematura, nacida frágil bajo la sombra de un cedrón. Casada a los trece con su virginidad intacta.)

–Qué más le dijo mi madre.

–Que está sembrando rábanos en su jardín.

–También intentó hacer crecer flores azules.

–Las flores azules son imposibles.

Fotografías: Diego Moreno

Clyo Mendoza

Nació en Oaxaca, México en 1993. Ha sido becaria del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (2015-2016)   merecedora  del Premio Internacional Sor Juana Inés (2017)  y de la residencia de la Fundación Antonio Gala, en Córdoba, España. Es autora del libro Anamnesis  (Cuadrivio, 2016) y Silencio, su segundo libro, se encuentra en proceso de edición.

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