E s martes y desde muy temprano Don Armando sale de su hogar cerca del Estadio Azteca para hacer las compras de su local. Viaja a la Central de Abasto, allá con sus marchantes de toda la vida encuentra lo que necesita, mejor dicho, lo que el cliente siempre pide, sea o no temporada no puede faltar: sandía, melón, coco, plátano, jícama, naranja. Además de mercader, Don Armando es una enciclopedia médica, con gusto comparte con el comensal todo tipo de remedios; que si la gota, que si la gripa, que si el asma, que si el hígado, hasta remedio para el mal de amores. Termina sus compras y enfila sus bolsas en la camioneta que se dirige al Centro Histórico a entregar la mercancía al callejón de Girón. Es mejor llegar temprano antes de que los ambulantes terminen de instalar las lonas y cables de los que brotan puestos llenos de muñecas de plástico, dinosaurios feroces, pelotas de Bob Esponja, patitos de hule, sudaderas y pants con la leyenda Abercrombo

Don Armando llega más tarde a recoger sus bolsas y costales, sin prisa alguna. “Digno  de sus sesenta y tantos años” saluda a los colegas, con ellos siempre encuentra plática sobre el clima, la política o cualquier asunto de importancia en las noticias de la noche anterior. Se dirige a su puesto a la labor diaria en su estrafalario local; se coloca el mandil religiosamente, se acomoda la gorra e instala los platos de unicel perfectamente alineados, va por las cubetas de agua y el garrafón del día, limpia sus utensilios, como lo ha hecho siempre, como sus padres le enseñaron a trabajar dentro del Mercado Abelardo L. Rodríguez. Ahora Don Armando y su hermano José Luis, abogado de profesión, egresado orgullosamente de la UNAM pero enraizado en esta noble labor, se ubican en locales casi contiguos, ambos venden aguas frescas, jugos y fruta picada, el plato desde 10 pesos, para que nadie se quede con antojo de un sano tentempié.

Don Armando acomoda los bancos de plastico de colores para que sus comensales tomen asiento, le pongan chile, sal o miguelito a su fruta y charlen con él. Así lo conocí yo.

Llegué al Mercado atraída por la historia de los murales, descubrí más de lo que podía imaginar: en la ciudad de México el pasado y el presente se entretejen constantemente, sin duda alguna este mercado no es la excepción. Desde el puesto de Don Armando tenemos una vista panorámica hacia los arcos y a la imponente herrería que nos remite al pasado colonial del lugar, en aquella época fueron las huertas del colegio de Indios de San Gregorio administrado por los jesuitas. Hoy la calle República de Venezuela y callejón de Girón. En dicha huerta, Manuel Tolsá construyó los hornos para la creación de la estatua ecuestre de Carlos IV; conocida como el Caballito, los hervores del cianuro durante la fundición causaron su muerte. 

Fotografías: Oswin Mucharraz

Arquitectura

El porfiriato transformó la urbe dirigiéndola a un afrancesamiento, dando privilegios a las clases acomodadas. Tras la revolución se apostó por proyectos transformadores con fondos ideológicos que debían probar el nacimiento de una nueva sociedad mexicana, es así que en 1933 durante el gobierno del presidente Abelardo L. Rodríguez se gestiona el uso de este predio para el mercado a cargo del arquitecto An­to­nio Mu­ñoz y a la construc­to­ra llamada Com­pa­ñía de Fo­mento y Ur­ba­ni­za­ción, vestigio de este encargo se encuentra en una placa ovalada colocada en los muros exteriores del mercado del lado del callejón. Un recuerdo fantasmagórico en el que se lee la inscripción: “Gobernar a la ciudad es servirla”. 

El arquitecto respetó la sección colonial y adaptó la parte moderna de acuerdo a la estructura principal. Fue el 6 de marzo de 1933 cuando inició la obra con la idea clara de consolidar un inmueble funcional en más de 14,536 metros cuadrados. Incluía departamentos de inspección sanitaria, pescaderías con especies vivas, la dirección de educación física, el centro educativo para los hijos de los locatarios y el teatro cívico donde podrían presentarse espectáculos de ópera, zarzuela, conferencias científicas y literarias. Este utópico recinto fue consolidado y abierto al público el 24 noviembre de 1934, tan solo cinco días antes de inaugurar el Palacio de Bellas Artes. 

La majestuosidad que representa un complejo arquitectónico pensado para repercutir en la sociedad brindando servicios a la comunidad trabajadora, conjuntando la salud, el arte, el aprendizaje y el sustento, representó una apuesta del gobierno para beneficiar a la comunidad; un proyecto, que como otras decisiones políticas no establecería los lineamientos necesarios para la perpetuidad y el seguimiento adaptable del proyecto, sin embargo de mil maneras sus inquilinos lo han hecho propio, más allá de las políticas, de los cambios de gobierno o sus transiciones entre dependencias y la fragmentación al interior, este mercado ha sorteado todo tipo de buenas y malas rachas.

Los detalles presentes en la arquitectura son un deleite que presumen su historia; cada puerta de acceso al mercado aún recuerda su primigenia función gracias a unos elaborados medallones tallados en la cantera que zonificaban la vendimia; por medio de relieves con las figuras de frutas y verduras, la carne, los pescados. Hoy nada corresponde con lo que fue en el pasado, lo que se vende se ha adaptado con el cambio de la sociedad.

Del lado izquierdo a la puerta del Teatro del Pueblo, se encuentra el pasaje Sandino, que conserva el nombre, originalmente pertenecía a la tradición de los talabarteros que curtían y trabajaban la piel para diferentes artículos y ha sido permutada por la venta de mochilas. Hoy pocos productores se mantienen, como Carlos Gómez de “Petacas Gómez” quien es la tercera generación que labora aquí, recuerda que su abuelo llegó al pasaje Sandino, de él heredó el oficio y el sustento. Le preocupa que nadie más en su familia quiera continuar con la tradición, ya no curte más la piel, pero elabora petacas de vinil y todo tipo de bolsas promocionales, ha hecho sobrevivir su negocio, pese a la entrada de mercancía del gigante de Oriente de mala calidad con los cuales la competencia se ha hecho complicada abaratando una manufactura tradicional y de durabilidad que el cliente desgraciadamente no ve frente al bajo costo de la mercancía china. 

Originalmente existía un pasillo que conectaba el mercado con el Teatro, hace mucho que se encuentra cancelado; en el teatro, tampoco queda el recuerdo de las zarzuelas, ahora es sede de un bachillerato universitario gestionado por el Gobierno de la ciudad de México, al cual por seguridad no se permite el paso al público. Por ahora sólo los chicos que cursan en este plantel pueden ver el enmarcado del escenario con la pintura mural y su decorado con espejos, destacando los detalles de la yesería en muros y techos. Antes de ser bachillerato, algunos años atrás este espacio fue ocupado por un grupo de chicos que ofrecían talleres culturales, esta asociación fue reubicada en un predio de la calle de Nicaragua en el corazón de Tepito, todavía son conocidos como el Teatro del Pueblo.

La taquilla se encuentra vacía, ahora es un área sobrada para el personal de vigilancia. Existe un espacio contiguo a este, adaptado como biblioteca pública, es posible entrar a admirar los murales del patio central, que recuerdan en una placa al pintor Pablo O’Higgins. Quien comandó a los artistas, después de que Diego Rivera le delegó esta tarea ya que él irónicamente estaba ocupado con “El hombre controlador del mundo”, mural del Palacio de Bellas Artes. 

Los murales

Fueron diez los colaboradores y colegas cercanos a Rivera, autores de la pintura mural e intervención plástica en el mercado, lograron plasmar escenas de la vida cotidiana en el campo, la siembra, el cultivo y el traslado de las mercancías por los canales de la viga. También capturaron la esencia del mercado; la lucha de clases, los trabajadores contra la opresión de la burguesía. Los frescos buscaban comunicar y adoctrinar las bases comunistas y socialistas, mediante fuertes escenas que debían sacudir la cabeza de aquellos que no sabían leer y verían en estas imágenes un reflejo de sí mismos, razón por la cual el presupuesto para esta labor sería recortado e inconcluso en varias partes de los plafones. 

La misión inicial era ilustrar hábitos saludables de nutrición, dis­tribu­ción de los ali­men­tos y la importancia de la sa­lud, vestigio de esta primera intención aún se encuentra en los murales del plafón que resguarda la entrada de la guardería de niños CENDI. El fresco actualmente está muy afectado por la humedad y se alcanzan a ver ciertas recomendaciones para tomar vitamina A, B y C. Realizado por el pintor Ángel Bracho que condecora la temática escribiendo “No hay vida sin vitamina”, tema relativamente nuevo considerando la época. 

Los otros artistas, desconocidos en ese entonces, se centraron en el potencial del proyecto social que el mercado significaba, desde los muros, enseñar a las nuevas generaciones los sentimientos sociales de la revolución desde la izquierda, desgraciadamente hoy difícilmente son observados con atención por la gente que ahí trabaja o transita el lugar. Con suerte algunos al ser interrogado al respecto repiten un diálogo casi aprendido “fueron hechos por alumnos de Diego Rivera”. Sin reinterpretaciones, sin apropiación, sin sentido de pertenencia, como si ese pasado se opacara junto con los colores vivos de los murales hoy apagados por el cochambre y la humedad. 

En estos murales se distingue la diferencia de las manos de los pintores sin embargo están unificados en esencia por el contenido social. No imaginamos siquiera, que en realidad Rivera y O’higgins tuvieran diferencias ideológicas por la corriente comunista con la que simpatizaban; uno trotskista y el otro estalinista, como fuese, a todos los muralistas se les asignó un sueldo de $13.50 pesos por metro cuadrado.

En la planta alta cercana a los consultorios se encuentran concentrada la obra de los extranjeros (a excepción del mural de O’Higgins). El artista de ascendencia japonesa y norteaméricana Isamo Noguchi recién llegado a México ejecutó un alto relieve con cemento pintado y pulido, técnica novedosa para las artes plásticas en esta época. Mural conocido como “Historia de México”. La plasticidad de este trabajo fue descrita por la filosa historiadora y crítica de arte Raquel Tibol en un artículo para la revista Proceso en 1989 donde elogia el relieve pero lo reduce a señalar que se trata de una posibilidad para el arte moderno, más no una pieza de arte. Como dato curioso más tarde Noguchi tendría un tórrido romance con Frida Kahlo por lo que el mismo Diego con pistola en mano lo haría huir por la ventana de su casa al enterarse que estaban por alquilar un departamento para continuar con sus encuentros pasionales.

En la planta alta se asignó un área bastante amplia a las hermanas Greenwood, quienes cedieron parte de este espacio a Noguchi. La forma en la que ellas se incorporan al proyecto es debido a que O´Higgins conoce a Marion Greenwood, la instruye en la preparación de la pintura al fresco ayudando a comandar a los albañiles que intervenían en la pintura mural en un mercado en Taxco, Guerrero. Entablando una amistad siendo coterráneos provenientes de Estados Unidos, Marion llevó a cabo un impactante fresco sobre la industrialización del campo y Grace retrató de una manera excelsa la explotación de los mineros, aunque ellas no designaron un nombre en particular a los murales, a estos se le conoce como “La vida de los mineros” y “La industrialización del campo”, respectivamente.

En la planta baja, en los accesos al mercado se encuentran dos murales de los discípulos de Rivera, provenientes de Yucatán: Raúl Gamboa Cantón y Miguel Tzab Trejo, ambos frescos conocidos con el título “Los Mercados”, los pintores comparten estas entradas a la nave del mercado junto con Pedro Rendón, pintor que ha tenido la grata fortuna de ser reconocido por decorar pulquerías, seguramente también aficionado a la bebida de la diosa Mayahuel, con el mural conocido como “Escenas Populares”. Los tres pintores nos recuerdan que la tradición mercantil en México desde tiempos prehispánicos era el comercio en la calle, la verbena popular, el ir y venir de cargadores, animales vivos, legumbres, todo tipo de mercancías y compradores. Es hasta el reordenamiento urbano del siglo XX que se enmarcan los mercados en inmuebles exprofesos para esta función con un toque modernista que haría destacar la arquitectura de este mercado y más tarde de la reorganización de la nave de La Merced. 

Compartiendo la segunda entrada al mercado se encuentra la obra de Ramón Alva Guadarrama, centrando el tema de sus pinceladas en retratar la vida campesina y la vida del trabajador. Bajo los frescos de Alva Guadarrama hoy se encuentra la tienda de abarrotes, la modista del mercado, el puesto de la jarcieria, los jugos, licuados y la chica que vende pan.

Antonio Pujol se estrena como muralista en este mercado, se acerca a Rivera tras su paso en la dirección de la Academia de San Carlos, no es difícil imaginar al comité de pintores congregados en las aulas de la Academia: usando pantalones de vestir con pinzas, las camisas arremangadas al modo de la época y discutiendo acaloradamente sobre el comunismo, la composición geométrica y las vanguardias distantes del viejo continente para después realizar una caminata de cuatro cuadras polvorientas por la calle de Loreto hacia el mercado para después conciliar cualquier rencilla con un pulque “deajo”.

El mural de Pujol reviste el tablero general de la escalera que sube al Teatro del Pueblo y las bóvedas de la misma sección, encomendado a plasmar los beneficios de plantas como el maíz y el maguey presentes en las bóvedas del complejo, aunque en los muros se centró en la denuncia de la explotación campesina y obrera, seccionando su trabajo en tres: La plaga del maíz, La vida del maguey y La vida de los mineros. Pujol a sus veinte años había sido designado como el administrador del proyecto y era quien repartía la raya tanto a sus colegas como a los albañiles. 

Por supuesto que el mural de Paul O’Higgins Stevenson, mejor conocido como Pablo O’Higgins, es protagónico. El pintor, de nacimiento estadounidense, fue hijo de madre inmigrante irlandesa de origen campesino, tal vez por ello a su llegada a México se identificó rápidamente con la población y los ideales comunistas, nacionalizando incluso su nombre como Pablo. Su fresco se ubica en los corredores del patio central del Teatro del Pueblo, un espacio inicialmente de tránsito y convivencia ya que para la época la gente se quedaba en la tertulia tras alguna obra de teatro, o descansando una tarde de domingo con tiempo suficiente para la contemplación y la reflexión. Su mural fue contundente, debía impresionar con la doctrina a sus maestros, definitivamente debía hacerlo con la garra política, componiendo así el mural conocido como “La lucha de los pueblos contra el fascismo, el imperialismo y el capitalismo”. Las labores de los pintores se culminaron en su mayoría al año siguiente, los murales concluidos habrían hecho temblar al nuevo regidor, bajo el gobierno de Lázaro Cárdenas, una  fuerza política debía borrar el descontento social en el supuesto nuevo México moderno que querían proyectar, razón por la cual cancelaron el presupuesto para continuar los murales.

Los mercaderes

Los primeros mercaderes que se instalaron aquí, pudieron ver a los muralistas en acción, primero como novedad, a lo largo del año ya como un suceso cotidiano, esperando que esas imágenes surgieran del muro pelón. A estos primeros locatarios les tocó colocar sus puestos al ras del suelo en el piso de tierra; testimonio de esto es la fotografía inaugural del acervo de la Fototeca Nacional del INAH, donde el mismo presidente da la apertura al lado del destapado sucesor presidencial Lázaro Cárdenas. Una vez inaugurado el conjunto, las obras continuaban ya que el presidente Rodríguez terminaría su gobierno tan solo seis días después de la inauguración. Por la premura de fin de mandato, que se ha instaurado como tradición política mexicana. 


De esta generación de mercaderes “nomás el recuerdo queda”, como dice la canción. Principalmente en la memoria de sus hijos que continúan laborando en su local, en algunos casos ya los nietos se están haciendo cargo, en otros casos se han vendido o traspasado los locales y gente nueva ha llegado a encontrar en el mercado su sustento.

Don Polo llegó al mercado cuando se enamoró de quien sería su esposa; los padres de ella atendían la carnicería, su suegra fue bien conocida por preparar el mejor mole de toda la ciudad, Don Polo por preparar la moronga que haría a su puesto famoso por muchos años, mientras su esposa Rosalinda atendió una pescadería siempre con el pescado más fresco por muchas primaveras.

“Después del temblor nada volvió a ser lo mismo”, me comenta Don Polo, refiriéndose al sismo de septiembre de 1985, que colapsó al Centro Histórico y transformó por completo a la ciudad. Fue devastador no sólo por los daños inmediatos, las afectaciones y las réplicas que dañaron estructuralmente varios edificios decretando días e incluso meses después, sus demoliciones. Significó la salida de muchos de sus habitantes originales y desplazamientos masivos hacia la periferia. Aunque el gobierno logró consolidar unas pocas unidades habitacionales, no fueron suficientes. Este repentino despoblamiento afectó la vida comercial, transformó sus alrededores y el ambulantaje creció en desproporción. Principalmente tras la crisis que llegó para quedarse desde el mandato de Salinas y Zedillo: históricamente conocido como el error de diciembre que más bien fue la cadena de errores políticos y económicos que zurcirían los parches del neoliberalismo por el que optaron los gobiernos priístas. Arrastraron al desempleo, la pobreza y el endeudamiento de las familias mexicanas, buscando muchos de ellos sobrevivir en el comercio informal. Hoy la situación en la calle es mucho más compleja.

Don Polo ha enviudado y sólo puede atender un pequeño puesto sobre el pasillo vendiendo chicharrón y mole en pasta, su constante labor permitió darle una educación a sus hijos, quienes trabajan en otras cosas y ya casi no lo visitan, aunque Gerardo uno de ellos siempre está al pendiente y con mucho cariño se preocupa por darle al mercado la visibilidad que merece. Por fortuna la familia de su esposa sigue en el mercado, sus hermanos, aún conservan una carnicería, una pollería y una tienda de abarrotes. “Estamos al pendiente porque muchos somos familia”, me comenta su cuñado Carlos, refiriéndose a la seguridad y confianza entre los locatarios.

Tenemos que reconocer que la labor en el mercado es muy demandante, el mercader funciona en muchas ocasiones como patrón y obrero al mismo tiempo. Debe atender día a día su local, no depende de nadie pero a su vez el ausentarse representa una pérdida, los locatarios pagan impuestos y servicios, no cuentan con ninguna prestación y muchos de ellos viven al día. Para ellos el mercado es su segundo hogar. El local de Doña Mary cambia conforme a la temporada y en cada transformación decora de acuerdo a la ocasión, por ejemplo, el día de muertos es su favorito, generalmente en su puesto no faltan rosas y claveles, me comenta: “vengo a trabajar hasta en domingo porque en mi casa ya no me hallo, muchos compañeros se toman el domingo, cuando antes era uno de los días más fuertes”. 

Doña Mary enuncia por entendido que “antes” se refiere al temblor de 1985. Ella está convencida que trabajará hasta sus últimos días, heredó el puesto de su madre pero no desea que sus hijas continúen en el mercado, debido al estado de abandono y ventas bajas, no quiere que se convierta en un problema. Sin embargo, curiosamente en una charla sobre la amenaza de la entrada de chinos o coreanos al mercado asegura que sí le vendería muy caro su puesto a un coreano pero que con eso compraría un local en el mismo mercado para seguir trabajando.

El tiempo ha diluido el linaje de los líderes de comerciantes, Leticia Pineda Baez fue una líder del mercado, abogó por la difusión y el sentido de pertenencia de los locatarios, aunque no tuve el gusto de conocerla en persona ya que falleció hace algunos años, cuando los agremiados hablan de ella se les dibuja en el rostro un gesto de respeto y orgullo. En el año 2000 fue ella quien coordinó una pequeña gaceta de única edición que me prestó Gerardo, el hijo de Don Polo, en ésta se puede ver la intención de hacer formal la difusión de los logros de la administración y abordar con picardía la vida diaria dentro del mercado. En sus páginas se puede leer sobre la formación de la mesa directiva del mercado, su reuniones con diputados candidatos y electos de la delegación Cuauhtémoc. Hace mención de los mercados públicos, como un gremio compacto y fuerte donde se encuentra “el ciudadano real, el que vive y sufre la realidad del país”.

De voz viva de muchos locatarios he escuchado constantemente, como visitante y cliente, su preocupación por el rumbo del mercado, la división al interior, los intereses políticos y económicos externos, sean estos por el surgimiento de políticas públicas o proyectos de remodelación y mantenimiento de las instalaciones de los mercados sin una participación activa y conciliadora en coordinación entre locatarios, autoridades locales y empresas constructoras que ejecutan los proyectos, la suma de estos factores han dado por resultado la desconfianza de los mercaderes. La responsabilidad parece compartida, no todo lo debe solucionar el gobierno, el mantenimiento permanente también es tarea de los locatarios que habitan el lugar, aunque no es su obligación padecer obras inconclusas o mal hechas, sin embargo la misma desorganización provoca que los reglamentos internos en muchas ocasiones no se lleven a cabo.

El año pasado comenzó un proyecto de mantenimiento que incluía el cambio del piso y la tubería, así como la pintura interior de la estructura del mercado y los muros, el suelo fue levantado y la tubería original de barro retirada y cambiada por nuevos ductos. El proyecto fue ejecutado sin un consenso parejo entre locatarios, una de las opositoras, la señora Graciela, quien creció en el mercado, hoy vende mandiles, uniformes y artículos de mercería, parte de su puesto lo ha cedido a su nieta que pasa la mayor parte del tiempo mirando el celular ya sea en la silla o pegada al contacto de la luz, vende sobre una reja de alambre carcasas y micas para celulares. Los argumentos de Graciela eran contundentes “no nos han presentado al arquitecto responsable de la obra, ni un plan de trabajo con tiempos reales, primero nos querían descansar dos meses, imagínese eso para mí son dos meses sin dinero.” 

Otro síntoma de este fraccionamiento se ve reflejado en las fiestas tradicionales. Ya no han sido lo mismo, el pasado 24 de noviembre el mercado cumplió su aniversario número 82. Se veían festejos dispersos por el mercado, algunos mercaderes tomaban tímidamente una cuba en su local, a los clientes al comprar algo nos regalaban algún detallito, chocolates, cubetitas, dependiendo del giro del local, entre tablas improvisadas y bultos de arena debido al cambio de piso por la obra de remodelación se suscitó el baile de salsa y cumbia entre los pasillos del mercado pero el gran espectáculo transcurría en el callejón donde también el comercio ambulante toma el mismo día de referencia y afuera se encontraba una tarima, el sonido instalado y el espectáculo de un imitador de Juan Gabriel deleitaba a un grupo ecléctico de personas. Haciendo de aquella fiesta una mezcla de sonidos por todos lados a todo volumen. 

Antes el gremio solía organizarse y hacer una procesión anual hacia la Villa para agradecer en caravana a la virgen de Guadalupe en el mes de julio. La señora Ofelia, recuerda esta tradición en la que participó desde pequeña ya que sus padres vendían verduras. Ella actualmente atiende un local en el que encuentras remedios herbolarios y de fe. Me comenta que tiene más de diez años que ya no se lleva a cabo la peregrinación a la Villa.

Por casi 27 años se escondió durante el día entre lonas de colores y gritos de “barato barato” y “llévese el mantel para la mesa” la fachada principal del mercado Abelardo L. Rodriguez sumergido entre el comercio ambulante, hasta el año 2011 se dió la liberación de la calle República de Venezuela con la entrada del Metrobús y resurgió de nuevo el imponente mercado único en América Latina, en este tiempo grandes transformaciones a su interior y al exterior ya habían ocurrido, el paso del tiempo no ha perdonado a las cornisas ahora desgajadas que enmarcan las puertas y ventanas del piso superior. Sin duda alguna este es el momento en el que se presenta una buena oportunidad para devolver el esplendor y prosperidad al mercado pero sólo con una suma de esfuerzos sería posible. 

El mercado público de cierta forma es un espacio en resistencia, con sus carencias, defectos y desorganizaciones, la perfección de la imperfección, es un lugar que conserva la esencia del encuentro uno a uno, a diferencia abismal de un supermercado. Comprar en nuestros mercados es apoyar y activar a la economía local, es querer al país y consumir lo que es de aquí, es sostener una tradición y el orgullo de la noble labor de los mercaderes mexicanos.

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