Queridos reyes magos. Este año he sido muy buena y me gustaría que me trajerais un lápiz y una goma de borrar para la escuela y un paragua para no mojarme los días de lluvia si puede ser.

Así empezaba y así terminaba una carta a los Reyes Magos de una niña española de los años cincuenta, es decir, de hace bien poco. La carta era una carta manuscrita. Escrita con una caligrafía infantil pero cuidada, y supongo que con un lápiz muy gastado. Evidentemente era una niña muy humilde. No pedía juguetes, ni siquiera una simple muñeca. Pedía algo que nosotros no valoramos lo más mínimo, algo que tenemos de sobra en nuestras casas, algo práctico y trivial, casi insignificante. Después de leer esa carta cambié mi punto de vista sobre los paraguas. Yo siempre había odiado los días de lluvia, y siempre había considerado los paraguas una molestia inútil pero necesaria. Jamás se me había pasado por la cabeza que pudieran ser considerados como un lujo por nadie. Pero sí, los paraguas son un lujo, uno de esos muchos lujos a los que nos hemos acostumbrado tanto que casi despreciamos. Los paraguas eran un lujo para una niña que no tenía un estuche de colores, ni un montón de bolis, y que pese a todo iba a la escuela todos los días, y trabajaba y “era buena”; y estoy seguro que no sería la única niña ni niño que en esa triste y pobre España tan reciente y tan olvidada desearía tener algo con que taparse los días de lluvia, sobre todo los fríos y oscuros días de invierno. Desde entonces cada vez que llueve, si puedo, salgo a dar una vuelta. Y me considero muy afortunado de tener un buen paraguas que me proteja.

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