No quería ir a ese entierro y me resistí todo lo que pude. Pero mi madre fue tajante. No tenía otra posibilidad. Había que ir y había que aceptar lo que iba a pasar. No había más remedio.

Fui, naturalmente. Y todo fue como tenía que ser. Al principio me las apañé para evitarla. Ella estuvo desafiante y digna, que era exactamente como suponía que iba a estar. Cuando ya estábamos en el coche, preparados para regresar, mi madre dijo: “Espera un momento, voy a despedirme por última vez de mi hermana”. Miré por el retrovisor y vi que el desastre era inevitable. Mi madre salió rápidamente del coche, pero antes le dijo a mi mujer que le acompañara. Y mi mujer se levantó como si se estuviera quemando el culo, le faltó tiempo para salir corriendo del coche. Entonces ella entró sin decir nada y se sentó a mi lado. La bofetada fue tan fuerte que lanzó mis gafas contra la puerta. Me rompió un cristal. Las cogí y las miré con pena.

–¿No dices nada? –preguntó sin esperar respuesta.
–¡Qué quieres que diga! No me esperaba otra cosa…

Ella miró el cristal roto de las gafas y murmuró:

–Eso es lo mínimo que te mereces.

Su tono era reconciliador. La bofetada era su manera de defenderse. Pero era demasiado pronto, y los dos lo sabíamos.

Salió del coche despacio, para darme tiempo a darle una excusa totalmente vergonzosa:

–Tenía catorce años. ¿Qué querías que hiciera?

Se detuvo, no se volvió. Sólo añadió:

–¿Y cuántos tenía yo, no te acuerdas?

Mi mujer no dijo nada en todo el viaje de vuelta. No dijo nada durante la cena. No dijo nada cuando nos metimos en la cama. A las 3 de la mañana me levanté a mear y ella se despertó y me preguntó la hora.

–Son las tres, aún puedes dormir un rato.
–Ya me he desvelado…

Había llegado el momento y no me resistí. Empezamos a hablar de tonterías pero muy pronto llegó a la frase que tenía preparada desde esa tarde, desde que vio mis gafas rotas.

La frase era la misma de siempre. Si algo funciona perfectamente no hay porqué cambiarlo:

–No hace falta que cuentes nada, pero si quieres hablar yo te escuchó.

Tuve que volver a explicar cosas que no quería explicar. Que mi tía era una puta y todos sabíamos que era una puta, aunque todos decíamos y hacíamos como que no lo sabíamos. Que a los catorce años detuvieron a mis padres, por cosas de política, por lo mismo que en ese momento metían en la cárcel a medio país. Que yo me fui a vivir con mi tía y que fue mi tía, “la secretaria”, quien movió sus hilos y no paró hasta que sacó de la cárcel a mis padres. Que luego nosotros salimos del país clandestinamente y que no volvimos hasta quince años después. Que desde entonces yo no había vuelto a ver a mi prima.

Todo eso ella ya lo sabía y no quería volverlo a escuchar. Pero escuchó porque tenía que escucharlo y cuando llegó el momento dijo:

–Pero eso no explica nada, ¿verdad?
–No. Eso no explica porqué me acosté con Tatiana. Pero eso no hace falta que lo explique, ¿verdad?

Durante dos días no se volvió a hablar del tema. Pero dos días después, otra madrugada, ella volvió a hacer algunos de esos comentarios que yo sabía que no tenían otro fin que el de ir preparándome para el interrogatorio que se avecinaba. Tampoco me resistí esa vez. Era algo inevitable.

–Ella se paseaba desnuda por la casa. A todas horas… Y eso era lo de menos. Yo ya sabía donde me había metido. Pero no sabía hasta qué punto me iba a afectar. Mi madre me escribió una carta. La carta tardó mucho en llegar, tanto que casi coincidió con la vuelta de mis padres, así que cuando llegó ya no era en absoluto necesaria. Pero la intención es lo que cuenta. Y la intención era avisarme de donde me metía. Mi madre decía en la carta algo que siempre he tenido muy en cuenta. En casa de mi tía y en todas partes: “Cada casa tiene sus costumbres, y todas son igual de buenas o igual de malas. Haz lo que te dicen, pórtate bien y no des problemas”. Mi madre sabía que las “costumbres” de mi tía y de su hija iban a volverme loco. Pero me pedía que no las juzgara por eso. Y que no les tuviera miedo. Que fuera valiente. Que la vida era eso: tener que enfrentarte a tus propios miedos. Mi madre sabía que aquello iba a ser muy difícil para mí, que nunca había roto un plato, que me metía a leer y a estudiar en mi cuarto y nunca había hecho nada malo, ni fumar a escondidas, ni hacer travesuras, ni meter mano a las chicas, nada… Mi madre sabía que mi prima me iba a hacer la vida imposible. Y que mi tía no iba a defenderme del mundo como ella me había defendido a mí hasta entonces. Cuando recibí esa carta entendí muchas cosas. Entendí que pasará lo que pasara mi madre me iba a perdonar. Entendí que mi madre se estaba despidiendo de mí, por si acaso, porque nunca se sabía, pero que pedía que fuera valiente. Que fuera un hombre. Que no me quedara anclado en el pasado. Que no podía resistirme ante lo inevitable…

Mi mujer se había vuelto a dormir. Eso me dio unas horas, las justas para recordar todo lo que llevaba tanto tiempo recordando y recordando, sólo que esta vez no recordaba para mí sino para mi mujer. De manera que cuando volvimos sobre el asunto yo ya tenía el discurso bien preparado, y se lo leí de un tirón, sin desviarme, sin hablar de lo que no convenía hablar y sin evitar lo que era inevitable. Mi mujer escuchó en silencio y se dio por satisfecha. Pero yo sabía que aquello no era el final, y por eso no me resistí cuando volvió a sacar el tema varias semanas después.

–En realidad mi tía sabía muy bien lo que podía pasar. Se hacía la loca. Y delante de mí jamás reñía a su hija. Parecía que se lo consentía todo, todas sus locuras, todos sus caprichos, todas sus gamberradas. Pero luego se encerraba con ella en su cuarto y le cantaba las cuarenta. Le echaba una buena bronca pero no servía para nada, porque cuando más enfadaba a su madre, más contenta se ponía su hija. Era su manera de vengarse por tener una madre puta, hacerle la vida imposible pero sin plantarle cara directamente, haciéndose la tonta, incluso la ingenua, haciendo como que no lo hacía por fastidiar, sino porque ella era así, incluso llorando y pidiendo perdón cuando convenía, pero todo mentira, todo para no decirle la verdad: que despreciaba a su madre por ser una puta, pero al mismo tiempo la quería mucho, que la quería y la perdonaba, a pesar de saber que ella misma iba a ser otra puta dentro de muy pocos años, a pesar de saber que su madre estaba haciendo de ella una puta. Ya sé que desde fuera es difícil de entender. Yo lo entendía todo. Pero eso no me ayudaba. Cada vez que mi tía salía de casa y me quedaba a solas con Tatiana, yo temblaba de miedo…

–Pero te ponía cachondo, ¿verdad? Te ponía cachondo todo lo que hacía…

–Ella jugaba conmigo. Yo sabía que jugaba conmigo. Eso era evidente. Pero no podía hacer nada. Ella estaba haciendo conmigo lo que suponía que su madre hacía con otros hombres. No. Ella no suponía. Ella sabía muy bien lo que su madre hacía…

Mi mujer me preguntó por los detalles. Quería saber esa clase de detalles que nos iban a llevar al sexo. Se los di. No todos. Sólo unos pocos. Los mínimos. Follamos y se quedó satisfecha. Yo seguí recordando. Durante varios días más no hice otra cosa que recordar.

Entonces sonó el teléfono y era Tatiana. Estaba en la ciudad y quería verme. Quería disculparse por lo del otro día. Y hablar. Quería hablar.

Debía resistirme, lo sé, pero no lo hice. Más bien hice todo lo contrario: decirle que sí en seguida, ir corriendo a rendirme a sus pies. Esa misma tarde estábamos en la cama, habíamos follado después de quince años. La primera vez fue la última noche que pasé en su casa. Organizamos una fiesta de despedida, una pequeña fiesta de despedida para mí. Llegó Marta, bebimos y yo me acosté borracho, la primera borrachera de mi vida. Y luego alguien se metió en la cama y yo di por supuesto que era Marta. Ella estaba allí para eso. Era otra puta, amiga de mi tía, y mi tía pensaba que con eso iba a evitar que su hija se acostara conmigo. Pero esa idea pronto se vio que era inútil, que aquello no iba a servir más que para retrasar lo inevitable. Mi tía se resistió. Pero sólo lo justo.

–Te lo podría perdonar todo, pero no quiero hacerlo –dijo Tatiana.
–Yo no sabía lo que tenían pensado mis padres. No sabía que esa noche nos íbamos a escapar.
–Eso no es una excusa. Yo lo supe. Me enteré y fui corriendo. Y me abracé a ti, y te pedí que me llevaras contigo. Y me hubiera ido. Sabes muy bien que quería mucho a mi madre, pero me hubiera ido contigo…
–Calla. No sigas. Es mejor no recordar aquello. Fui un cobarde. Pero tenía catorce años. Y mis padres habían decidido por mí. Ellos no querían llevarte. Ni querían ni podían. Todo estaba preparado para una fuga de tres personas. No podíamos meter a una persona más…

Tatiana me miró con un odio súbito. Tan repentino y profundo que me di la vuelta y me levanté. Pensaba salir de esa habitación y no volver a verla más. Pensaba prometerme que iba a hacer eso. Eso y no otra cosa. Eso y nada más que eso. Volver con mi mujer. No verla nunca más. Pensaba resistirme hasta el final. Hasta que no me quedara la menor capacidad de resistencia.

Ella me dejó salir del hotel porque sabía que necesitaba tiempo.

Tres semanas después la llamé por teléfono.

–No podemos vernos. Me voy fuera –me dijo nada más descolgar.

Sabía que era mentira. Insistí e insistí. Lloré y lloré. Gemí, pataleé, maldije, volví a gemir, grité, casi tiro el teléfono por la ventana. Ella se resistió todo lo que pudo.

–Dime una cosa, ¿Cuántas pajas te has hecho pensando en mí todos estos años? –me preguntó de pronto, sin que viniera a cuento.
–Miles. Todas. Todas y cada una de las pajas que me he hecho. Todos y cada uno de los polvos que he echado…
–¿Y con tu mujer?
–Cada vez que me acuesto con ella, estoy pensando en ti.

Colgó el teléfono. Esperé. Ella se resistió y resistió. Sabía que tenía que dejarle tiempo.

Fotografías: Alfonso Vila Francés

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